Y tú, ¿por qué no estás escribiendo?

En la última Jornada de Coexistencia Pacífica el profesor Cristián Soto sorprendió a la audiencia con una osada comparación entre la Historia de la Filosofía y un museo. Afirmó, no sin causar algo de revuelo, que lo pernicioso del enfoque histórico en la enseñanza de la filosofía es que muchas veces produce una distancia entre el estudiante y el filósofo, al que muchas veces se lo eleva por encima de las facultades de los “comunes mortales” como un genio o un iluminado al que se lo debe estudiar de forma pasiva, contemplando su profundo pensamiento y buscando comprenderlo, pero sin entrar en un diálogo horizontal con él.

La fantasmagoría de Cristián resultó ser una fructífera caricatura que promovió una potente discusión en torno al tema propuesto en aquella oportunidad (el rol de la historia en la enseñanza de la Filosofía), pero no puede decirse (como algunos pretendieron) que se haya tratado sólo de un hombre de paja. Quiéraselo o no, la distancia entre el escritor y el neófito es una de las más nefastas consecuencias del estudio académico, no sólo en la filosofía sino en las humanidades en general (y tal vez, quizás, en otras áreas del conocimiento). Precisamente, una de las consignas de este grupo de estudios, desde sus orígenes, ha sido el de revalorar el trabajo del estudiante de pregrado como un productor de conocimiento más, a la par con sus colegas doctorados o incluso con los grandes nombres de la tradición; nuestro apoyo activo a iniciativas como el “Coloquio de Estudiantes de Filosofía Analítica” se enmarca, precisamente, bajo esa directriz ideológica. Sin embargo, no podemos decir que hayamos exorcizado del todo el cuco de los “grandes maestros”, y una de las pruebas más contundentes de esto es que casi ninguno de nosotros escribe.

Albert Camus tenía diecinueve años cuando sus primeras obras comenzaron a ser publicadas. Alfred Ayer tenía veinticuatro cuando escribió su obra capital, Lenguaje, verdad y lógica. David Hume tenía veintiséis cuando escribió el Tratado de la Naturaleza Humana. Arthur Schopenhauer publica por primera vez El Mundo como Voluntad y Representación a los treinta años, en el cual presenta la doctrina que no abandonará en el resto de su vida. Ludwig Wittgenstein tenía la misma edad cuando escribió su única obra publicada en vida, el Tractatus logico-philosophicus.

Franz Kafka también fue un prolífico escritor que apenas pasó de los cuarenta años.

Franz Kafka también fue un prolífico escritor que apenas pasó de los cuarenta años

Rimbaud, el célebre poeta francés, tenía diecinueve cuando dejó de escribir. El matemático Évariste Galois murió a los veintiuno, dejando un legado profundo que sólo vendría a ser comprendido en toda su riqueza varias décadas más tarde. Charles Darwin tenía veintidós años cuando se embarcó en el HMS Beagle a realizar el trabajo de campo que treinta años más tarde produciría su obra maestra, La evolución de las especies. Sir Paul McCartney tenía veintitrés cuando escribió Yesterday.

Sí, es cierto, Kant escribió sus obras más importantes en la madurez de su vida; pero a los veintitrés ya había comenzado a escribir, lo mismo que José Saramago, que conoció la fama recién a los sesenta años, pero tuvo al menos dos publicaciones antes de los treinta.

Ninguno de ellos tenía un doctorado cuando escribió ninguna de las obras mencionadas. Pero, en contraste, cientos de doctorandos en la actualidad las citan extensamente en sus tesis, artículos y ponencias. ¿Qué pasa, entonces, con el mito de la veneración a las vacas sagradas?

Se trata de una forma sutil de abajismo intelectual que podríamos caracterizar como el mito de la Edad de Oro: “todos esos autores”, decimos, “vivieron en contextos donde era posible escribir y publicar a tan temprana edad. Hoy, la producción intelectual se rige por otros criterios y reglas que hacen muy difícil, o imposible a veces, publicar a temprana edad”. Pero tenemos razones para dudar de la veracidad de esta afirmación: hoy en día los niños aprenden a leer y escribir a los seis años, y desde esa edad o incluso antes tienen acceso casi irrestricto a Internet, la mayor fuente de información en toda la historia de la humanidad. Johann Sebastian Bach aprendió teoría musical copiando a escondidas las partituras y textos de armonía de su hermano, a la luz de la luna, cuando tenía diez años. Hoy, a esa misma edad habría tenido a su disposición cientos de tutoriales en YouTube, varios programas de composición e interpretación y miles de textos digitalizados de teoría, además de poder escuchar música de todos los tiempos y todos los continentes, algo que en su tiempo era imposible sin una partitura y un intérprete adecuado. Antes de sus dieciocho años un ñoño promedio ha escrito decenas de fanfics, ha diseñado cientos de personajes distintos, y en muchos casos ya ha comenzado e incluso terminado un par de novelas de grueso calibre, las que, muy probablemente, nadie más que ellos mismos o un grupo muy pequeño de amigos haya leído. La gran mayoría de los músicos tendrá su primera banda a los quince, y no pasará mucho tiempo antes de que intente componer su primera canción, aunque nunca nadie la escuche.

Entonces, ¿dónde están las obras de los jóvenes filósofos? Jorge Acevedo, profesor de la Universidad de Chile, confesó una vez en clase el trabajo sucio que realizan los revisores en editoriales como Universitaria: “llega un manuscrito de un tipo que tiene ideas interesantes, a veces hasta profundas, pero sin un contexto, sin una referencia a las grandes obras del pasado, sin dialogar con la tradición; por eso muchas de esas obras no llegan a publicarse y se quedan en lo meramente anecdótico” (non sic). Muy bien por Editorial Universitaria, pero Wittgenstein enseñaba lógica en Cambridge a pesar de que se jactaba de no haber leído jamás a Aristóteles.

El filósofo Daniel Dennett ha dedicado parte de su trabajo a hacer charlas de divulgación y escribir libros en donde presenta tanto los problemas como sus posturas acerca de ellos.

El filósofo Daniel Dennett ha dedicado parte de su trabajo a hacer charlas de divulgación y escribir libros en donde presenta tanto los problemas como sus posturas acerca de ellos

Paradójicamente, el trabajo académico otorga al neófito todo el contexto y conocimiento de la tradición que necesita, pero de alguna manera cercena su audacia creativa. Como caricaturizaba Daniel Dennett en uno de sus ensayos, hoy por hoy lo más atrevido que hace un estudiante de pregrado es intentar cerrar un problema intentando hacerlo pasar por pseudo-problema, lo que no es precisamente adelantar pensamiento original, sino desestimar el pensamiento de otros. Pero esto no significa que el filósofo novel no tenga ideas frescas: sólo significa que no se atreve a mostrarlas, o no consigue un espacio para hacerlo.

Propiciar un cambio en las condiciones materiales de producción de conocimiento no empieza por hacer demandas políticas o institucionales: pasa, primero que todo, por producir. Ray Bradbury aconsejaba a los jóvenes escritores partir escribiendo cuentos, ojalá a razón de uno por semana, durante espacio de un año o más. Muy probablemente ninguno de esos cuentos sea de calidad, pero, por estadística, uno de cada tantos tendrá que ser bueno. El mismo consejo aplica para el trabajo académico: muy probablemente vas a escribir cientos de malos manuscritos antes de que obtengas tu primer paper de calidad. Incluso puede que sea necesario escribirlos, pues es dudoso que la mejor versión de tu idea salga a la primera; entonces, lo más sensato sería comenzar cuanto antes, pues, como dice el dicho, “de tanto afilar el cuchillo uno se queda sin hoja”.

Humberto Giannini, uno de los pocos filósofos chilenos cuyo trabajo trascendió la esfera de la academia

Humberto Giannini, uno de los pocos filósofos chilenos cuyo trabajo trascendió la esfera de la academia

Después de producir, el paso necesario siguiente es compartir. Cuando lees algo que tú mismo has escrito, ves algo que en realidad no está en el papel: el esfuerzo y la dedicación que pusiste en hacerlo. La opinión de alguien que no vea eso será siempre más valiosa que la tuya, porque será más objetiva: irá a lo que se entiende y a lo que dices, no a cuánto te costó decirlo o qué tan orgulloso te sientes de haberlo pensado. En el III Congreso Nacional de Filosofía el profesor Andrés Bobenrieth acusó a los filósofos analíticos de nuestro país de no haber logrado consolidar una tradición precisamente por no hacer investigación común. Lo mismo puede decirse para la filosofía chilena en general: cada uno está metido en su tema, lo aborda desde su enfoque, y si leemos el trabajo de otros lo hacemos muchas veces por caridad y no para considerar seriamente su argumento o sus posturas originales (si las hay). Solemos burlarnos de filósofos como Cristóbal Holzapfel por la oscuridad de su prosa o lo pintoresco de sus ideas (poniendo en duda incluso su originalidad), pero hasta la fecha ningún filósofo chileno ha escrito una crítica a su obra, seria o cómica, porque la verdad de las cosas es que muy pocos la han leído.

Nos presentamos como filósofos porque creemos que la filosofía es una profesión como cualquier otra y denunciamos la caricatura del filósofo que sólo se sienta y piensa, pero cuando se nos pregunta por nuestro trabajo descubrimos que nos hemos quedado en eso: en pensar. De ahí que nos moleste tanto la maldita pregunta: ¿a qué te dedicas? Los niños, fuente inagotable de sinceridad, muchas veces nos ponen ante la prueba que muy pocos logramos superar: cuando un chiquillo de tercero medio me preguntó qué cosas “filosóficas” pensaba yo, me asusté de mi silencio. ¿Qué hubiera pensado él o yo de un músico, un artista o un escritor, si al ser preguntado por su arte no hubiera hecho más que hablar de sus “influencias” o “referentes”?

Si es verdad que somos filósofos deberíamos tener producción filosófica, es decir, libros, vídeos, podcasts, artículos sobre lo que nosotros pensamos y no sólo sobre los problemas que nos apasionan o interesan. Somos jóvenes, pero ya estamos atrasados: nuestros profesores son la más viva imagen de que puedes llegar a los sesenta y no tener más que un par de ideas más o menos interesantes, y sólo cuando ya eres demasiado viejo como para exponerlas con la soberbia e imprudencia que marca el sello de calidad de las grandes obras. Sartre en El existencialismo es un humanismo dice que tu vida, al final, no es más que los libros que escribiste y no los que podrías haber escrito o los que por falta de tiempo nunca terminaste de escribir. Y nunca tendrás más tiempo para terminar esa novela, ese tratado filosófico o esa gran obra de arte que el que ya has perdido mientras estudiabas y tenías tiempos libres, sin cuentas que pagar o una familia que mantener. He aquí, pues, el desafío: pensar, escribir, y empezar a hacerlo lo antes posible. ¿Cuánto más vas a esperar tú?

2 comentarios

  • Claudio Gutiérrez Marfull

    El enfoque histórico en la filosofía no es un problema, ni tampoco es pernicioso. La filosofía y las humanidades siempre se han realizado a partir de este enfoque. Tomamos la tradición y, a partir de las perspectivas propias de nuestra época, nos enfrentamos a los problemas. El resultado siempre es algo que intenta alejarse de la tradición misma, pero sin eliminar el diálogo que existe entre la actualidad y ésta. Es decir, hacemos un aporte a la tradición (o por lo menos eso es lo que deberíamos intentar). El verdadero problema es estudiarla como si tuviera la última palabra, como si no existiera manera de criticar a “las vacas sagradas”. En ese sentido el enfoque histórico sí es pernicioso. Pero yo diría que no es el enfoque, sino quien lo está enseñando. Pocos profesores, por no decir ninguno (y es que deben existir, solo que son oasis en un desierto), son capaces de hacer la conexión entre lo que enseñan y la realidad. De nada nos sirve estudiar a Aristóteles si no entendemos su lugar en la tradición y, por lo tanto, las consecuencias que tiene en la actualidad. Así como tampoco nos sirve estudiar a Heidegger si no somos capaces de interpretar nuestra realidad a partir de él. El problema no es el enfoque histórico; el problema es que no sabemos para qué nos sirve. Nos podríamos preguntar (con mucho asombro) en este momento ¿¡pero Wittgenstein nunca leyó a Aristóteles!? Es que en realidad podemos aprender ciertas cosas, sacar ciertas conclusiones, crear ciertas ideas, sin siquiera haber leído a los autores, pero eso no significa que hayamos pensado sin tener referentes. Por alguna razón estudiamos filosofía en la Universidad, no para aprender “últimas palabras” de memoria, sino para entender la tradición, lo que implica y la manera de criticarla. Es probable que Wittgenstein supiera perfectamente de qué trataba la lógica aristotélica, sin duda fue un referente para él, pero entendió que tenía ideas nuevas y pudo fundar un pensamiento propio. Insisto, el problema no es el enfoque histórico, el problema es que no nos han enseñado a criticar nuestra propia tradición, ni tampoco a dialogar horizontalmente con los autores. Por otro lado, es cierto, la edad no significa nada, pero sería significativo para los jóvenes (me incluyo) que los profesores y las editoriales nos dijeran de vez en cuando, cuando corresponde, “tu crítica o tus ideas son buenas”.

    • Estoy completamente de acuerdo, y creo que una de las conclusiones más enriquecedoras de la pasada Jornada de Coexistencia fue precisamente que los demás invitados del panel lograron delinear aquello que tú planteas. De hecho, la filosofía contemporánea de las Ciencias ha aprendido a revalorar la historia para la comprensión del desarrollo científico en una forma que de hecho la filosofía misma ya hacía para con su propia historia. Pero claro, tiene que ser una historia actualizada, participativa, y no de muda contemplación de los grandes ídolos de la Edad de Oro.

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