La filosofía en la escuela: buenas y malas preguntas

La filosofía no es un tema recurrente en la palestra pública. Sin embargo, cada cierto tiempo se lo ve reaparecer, casi siempre rodeado de polémicas injustas. La última vez fue en el año 2011 cuando el en

Extraído desde eldemocrata.cl

ese entonces presidente de la CUT acusó a los profesores de filosofía de incitar a los estudiantes a participar violentamente en las marchas. Después de eso otra disputa (que tuvo poca repercusión en los medios tradicionales pero sí hizo harto ruido en internet) fue la publicación de una serie de artículos (principalmente en El mostrador y Red seca) en torno al lugar de la filosofía en la vida pública y política de la sociedad chilena. Recientemente la disciplina volvió a llenar encabezados, cuando se filtró la información de que sería eliminada como ramo obligatorio del programa de enseñanza media y que sus contenidos irían a formar parte de un nuevo ramo de formación ciudadana.

En las últimas semanas se ha instalado en los medios de comunicación la discusión en torno a la importancia de enseñar o no filosofía en los colegios. Parecemos estar todos más o menos de acuerdo en que no debería eliminarse; sin embargo, los argumentos presentados han sido de diversa naturaleza, y no todos ellos parecen abordar el problema de la manera correcta.

 

La eliminación del ramo de Filosofía del programa escolar puede resultar sorpresivo e injustificado a ojos del público (después de todo, se trata de una asignatura que está presente en los programas de enseñanza en Chile desde el siglo XIX), sin embargo, es una medida perfectamente coherente con las políticas educacionales de los últimos treinta o cuarenta años. Una idea sobre la que se ha insistido bastante es que el desarrollo del pensamiento crítico es fundamental para la formación de nuestros estudiantes, y se hace ver (con toda razón) que la formación ciudadana no cubre necesariamente este objetivo. No obstante, es un error pretender que en la actualidad el programa de filosofía sí lo haga: el último currículum escolar en Chile que defendió la enseñanza de la filosofía como una herramienta para desarrollar pensamiento crítico fue el de 1969, mejorado en 1972 y abortado de forma radical en marzo de 1974, en el que se obligó a los profesores de Filosofía a volver a los programas escolásticos del siglo XIX. El régimen militar se opuso sistemáticamente (tanto en las escuelas como en las universidades) a que la filosofía fuera una herramienta para pensar el presente, mucho menos cambiarlo: se enseñaba en cambio “Metafísica” clásica, interesada en problemas aburridos e intrascendentes como la inmortalidad del alma, el origen del mundo o la existencia de Dios; o la pregunta por el ser, en la versión más pusilánime que sobrevivió en nuestras universidades.
La reforma curricular de 1996 que produjo el programa de Filosofía de 2001 (vigente hasta la fecha) defiende una filosofía perfectamente coherente con el espíritu político de los gobiernos de la concertación: concibe a la reflexión filosófica como una herramienta al servicio del diálogo, la tolerancia y la autorregulación de la conducta; ejemplos algo ridículos de esto son la unidad sobre “Sexualidad responsable” en el programa de tercero medio y el semestre completo dedicado al problema ético en el de cuarto. Por lo tanto, una reforma que recombinara Filosofía con Historia y Educación Cívica para crear un ramo de formación ciudadana en realidad no vendría a destruir el currículum anterior sino a hacerlo más transparente.
Esto es lo que ha motivado la pregunta más esencial: ¿por qué debería enseñarse filosofía en los colegios? Y todavía un poco antes: ¿qué filosofía debería enseñarse en los colegios? Me parece que hay dos maneras de abordar estas preguntas, una a la que podríamos llamar romántica y otra a la que podríamos llamar racionalista (hago eco de una distinción similar, recogida por un amigo, de algunos autores para referirse a la visión ideológica del inglés). Según la visión romántica, la filosofía debe enseñarse en los colegios porque la filosofía en sí misma es importante para el ser humano, ya sea como individuo o como sociedad. La visión racionalista en cambio comprende que el problema no tiene tanto que ver con la filosofía misma sino con la constitución del currículum en su conjunto.
A la hora de pensar el problema del currículum es importante también distinguir dos niveles u órdenes de problemas: el primero es el nivel orgánico, es decir, comprende la disputa técnica de qué ramos entran, cuántas horas semanales tienen por nivel, qué contenidos ellos incluyen y cómo se los debe evaluar; el segundo nivel, que en algún sentido es más profundo o anterior al primero, es el nivel político y dirime los propósitos y sentidos de la educación en tanto institución pública.
El problema con la visión romántica de la filosofía es que mezcla ambos niveles y supone, erróneamente, que una sencilla corrección en el nivel orgánico tendrá un impacto sustantivo en el político. Como la filosofía es “importante en sí misma” -dicen-, basta con que los niños tengan sus horas obligatorias para que el objetivo de que desarrollen pensamiento crítico se cumpla en ellos (de una u otra manera); por supuesto, habrá que solucionar problemas técnicos tales como el contenido y la metodología de enseñanza, pero se ven como problemas secundarios: lo principal es proteger el horario, y lo demás se ve en el camino. Un caso análogo fue el de las personas que defendieron, en su momento, la enseñanza de la escritura manuscrita cuando Finlandia decidió eliminarla de su currículum: en aquella ocasión la mayor parte de los argumentos en contra de la medida no fue capaz de escapar al romanticismo nostálgico (y a ratos tecnofóbico) que valoraba la manuscrita sólo por su antigüedad y tradición y no por su utilidad o valor práctico, propedéutico o psicomotriz.
Por lo demás, Filosofía no es el único ramo que será eliminado del programa obligatorio, de acuerdo con la propuesta: Historia, Física y Química también quedarían subsumidos bajo estos ramos “amplios” que la reforma presenta. De hecho, pensar que combinar Biología, Física y Química en un solo ramo es menos grave que combinar Historia y Filosofía en el de Formación Ciudadana es adscribir a una forma radical de romanticismo que podríamos llamar “prepotencia humanista”: la creencia errónea y absolutamente injustificada de que las Humanidades son más importantes para el ciudadano que las Ciencias, el Arte o los saberes Técnicos.
La forma correcta de abordar el problema debe ser, en cambio, más racionalista: debe comprenderse que el nivel orgánico depende del político, y que por lo tanto es por ahí que debe comenzar la discusión. La polémica del ramo de Filosofía debe, por tanto, ser vista como una arista más de la discusión política en torno a la educación pública, y sus argumentos deben alinearse con los que han dirigido las demandas en este tema durante los últimos diez o catorce años. No tiene sentido preguntarnos si es necesario o no tener más o menos clases de filosofía en los colegios si no hemos terminado de resolver para qué queremos que sea la educación pública, por una parte, y cómo queremos implementarla institucionalmente, por otra.

 

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *