Filosofía de la Filosofía: Jornadas de Co-existencia Pacífica 2016 de la Universidad de Chile (Reseña)

Por Francisco Castro Richter
Licenciado en Filosofía de la Universidad de Chile
Miembro de GEFAUCh

  1. Presentación: objetivo y proyecciones de las Jornadas[1]

La metafilosofía, o “filosofía de la filosofía”, es una rama o género de estudio y discusión sobre la naturaleza, alcance y métodos de la filosofía. Aunque consideraciones de este tipo han existido durante toda la historia de la filosofía, discusiones sistemáticas en esta dirección han sido mucho menos abundantes que las discusiones filosóficas de primer orden. Una motivación poderosa para hacer metafilosofía estriba en la gran variedad de disciplinas, temas y tradiciones filosóficas que se han desarrollado con particular fuerza en el último siglo. Más aún, es sabido que tal variedad viene acompañada de una serie de distinciones y rencillas tradicionales entre estilos y preferencias filosóficas, entre sus practicantes profesionales y el público interesado.[2]

Las Jornadas de Coexistencia Pacífica 2016, impulsadas por el Grupo de Estudios de Filosofía Analítica de la Universidad de Chile (GEFAUCh), fueron un ciclo foros de discusión metafilosófica en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile. Surgieron como intento de encaminar una sentida inquietud entre los estudiantes y jóvenes investigadores de la facultad, referida a la gran fragmentación de esfuerzos que existe en la comunidad filosófica a nivel local y, hasta cierto punto, a nivel mundial (y otros problemas relativos a la aun escasa conexión de la filosofía con otras disciplinas y con el resto de la sociedad). Se invitaron a distintos investigadores del área (profesores y estudiantes de posgrado) a discutir sobre sus visiones de la disciplina. Cada foro constó de una exposición de 10 a 15 minutos por invitado (con tres o cuatro por ocasión), para luego dedicar el resto del tiempo a discutir con el público asistente. Para ser uno de los primeros intentos en esta dirección, el resultado fue bastante bueno tanto en contenido como en recepción.

Muchos nuevos practicantes del área nos hemos ido quedando con la impresión de que la formación académica, con sus altos y bajos, aún no es capaz de abarcar la variedad y 20160808_171137riqueza de la filosofía contemporánea (ni del mundo en que vivimos). En contraste con el puñado de grandes autores en torno a los cuales gira nuestra formación inicial e incluso parte de la posterior investigación, la filosofía contemporánea se ha diversificado y complejizado de manera impresionante. Un vistazo al proyecto de categorización de la filosofía de Philpapers.org permite visualizar esto de manera muy ilustrativa.[3] En él, existen más de 4500 categorías y subcategorías (agrupadas bajo 7 grandes grupos: Metafísica y Epistemología; Teoría del Valor (estética, ética, política, etc.); Ciencia, Lógica y Matemáticas; Historia de la Filosofía Occidental; Tradiciones Filosóficas (que abarca más allá de la filosofía occidental); Misceláneos; y Otras Áreas Académicas (ciencias naturales, sociales, cognitivas, artes y humanidades, profesiones y misceláneos)). Antiguas distinciones y demarcaciones tradicionales ceden lugar a profesionales de formación extremadamente variada y a veces marcadamente interdisciplinar (donde no solo distintas tradiciones filosóficas se comunican con mayor fuerza entre sí, sino que también amplían y profundizan sus lazos con otras disciplinas artísticas y científicas). Un vistazo más detallado a las categorías de Philpapers.org[4] también permite apreciar que, al menos de buenas y a primeras, la filosofía parece ser una de las empresas más ambiciosas (si no la más ambiciosa) del conocimiento humano (abarcando virtualmente la totalidad de empresas cognitivas y prácticas humanas dentro de sus preocupaciones y aportes), pero también una de las más amplias y fragmentarias (con lo cual también pueden venir profundas dificultades y debilidades asociadas y donde, en efecto, también se denuncian poderosas tendencias hacia la sobre-especialización).

Las Jornadas son una invitación a dar una discusión pormenorizada sobre los desafíos actuales de la filosofía. Es una invitación a cuestionar los supuestos ontológicos, éticos y epistemológicos que subyacen a la práctica filosófica, de manera más desprejuiciada y atenta.  Una invitación a investigar la relación entre la práctica filosófica, las formas institucionales que la revisten y las dinámicas políticas que organizan tales instituciones. Es una invitación a innovar en los contenidos curriculares, ya sea durante futuras revisiones de la malla curricular como en el diseño de asignaturas, seminarios y proyectos de investigación.

Estos esfuerzos debieran, por supuesto, ramificarse y detallarse. Tenemos que preguntarnos si tiene sentido, por ejemplo, que los filósofos que estudian la experiencia humana mediante los tópicos y métodos de la investigación fenomenológica se desempeñen al margen de los filósofos que estudian la experiencia humana a través de la filosofía de la mente, las ciencias cognitivas y sociales (y viceversa). A cuestionarnos si tiene sentido que estudiemos la comunicación y la cultura humana mediante los tópicos y métodos de la hermenéutica, la semántica o la lingüística por separado, como disciplinas independientes o inconmensurables. A cuestionarnos si tiene sentido hacer filosofía política al margen de las investigaciones empíricas en estratificación social, economía y psicología. A preguntarnos en general sobre la relación entre filosofía, ciencias y artes, y sobre la relación entre filosofía, sentido común y lenguaje ordinario. A tomarnos en serio el desafío de explorar las distintas tradiciones y esfuerzos que han colaborado en la discusión de los alcances, fuentes y métodos de nuestras disciplinas. Es claro que la única manera de presentar respuestas viables a estas interrogantes es haciendo las exploraciones pertinentes. Para eso es naturalmente importante notar que investigaciones semejantes ya se vienen haciendo hace bastante tiempo, y que, si queremos ofrecer respuestas responsables sobre cómo hacer buena filosofía, simplemente no podemos darnos el lujo de ignorarlas.

En este texto sólo reseñaremos dos de las cuatro Jornadas realizadas en el año 2016. Se publicarán en la página web de GEFAUCh reseñas de las otras dos Jornadas (Filosofía e Historia de la filosofía y Profesionalización de la filosofía) con comentarios de las mismas. Esperamos que eventos así se sigan realizando y se multipliquen las instancias de colaboración y discusión.

  1. Reseña de las dos primeras Jornadas
  • Primera Jornada: ¿Para qué hacemos filosofía?

En esta primera ocasión invitamos al profesor Sergio Rojas (Universidad de Chile), filósofo y Doctor en Literatura (Universidad de Chile) (destacado en la filosofía del arte, de la historia y la subjetividad), y a los investigadores de Magister en Filosofía (Universidad de Chile), Nadine Faure (cuyo trabajo ha abarcado temas como la ética y la filosofía francesa, estando vinculada al último proyecto de investigación del difunto profesor Humberto Giannini) y Pablo Contreras (hoy cursando el doctorado en Ciencias Cognitivas en U. California Merced, EEUU). Les ofrecimos una pauta flexible de problemas para orientar su exposición, con las siguientes preguntas y temas:

  1. El lugar de la filosofía en la sociedad: ¿Qué hacela filosofía?
  2. ¿Hay progreso en la filosofía?
  3. El panorama institucional de la filosofía en Chile y/o el mundo (elección y énfasis libre): a) calidad y cantidad de investigación en sus campos de interés; b) comunicación e integración académica: ¿Nos leemos? ¿Nos entendemos? ¿Avanzamos?; c) recursos económicos y humanos en el área; d) utilidad real para el desempeño cultural, económico y social.
  4. La relación de la filosofía con otras disciplinas humanistas y/o científicas y/o técnicas.

El profesor Sergio Rojas hizo una intrigante y sugerente exposición enfocada en algunas motivaciones que dan sentido a la investigación filosófica. Para empezar, comentó que existimos en un mundo que ordinariamente no comprendemos, pero no porque fuera en sí mismo incomprensible. Usualmente caminamos sobre la base de prácticas y convicciones socialmente heredadas, y sugirió la idea de que el mundo es difícil de entender precisamente porque, al enfrentarnos con el mundo, ocupamos códigos y hábitos tradicionales del pasado para comprender el presente. En esta línea, afirmó que la filosofía es una empresa crítica peculiarmente útil para interrogar y cuestionar estos códigos culturales adquiridos como formas de percibir y comprender la realidad. Dicho esto, sin embargo, se mostró escéptico de poder describir en pocas palabras para qué sirve la filosofía. Afirmó que la filosofía no es capaz de transformar el mundo, pero sí es probablemente capaz de interrogar y quizás transformar nuestra forma de pensar. Más adelante agregaría que un propósito importante de la filosofía es problematizar y comprender mejor “las condiciones contemporáneas de la existencia”, defendiendo la idea de que la filosofía está directamente involucrada con desafíos que el mundo y nuestra condición existencial nos plantean.

Agregando a su caracterización, agregó que la filosofía suele poseer una libertad estilística y temática que sería inaceptable en otros campos de estudio, resaltando el gran alcance o ambición que pueden llegar a tener las investigaciones filosóficas (intentando desentrañar procesos tan amplios como la totalidad de la historia occidental, entre otras cosas). Como ejemplos de problemas filosóficos citó cosas como el problema de la referencia en lógica; el concepto de verdad en el trabajo de Alfred Tarski; la noción de memoria en San Agustín; tiempo y conciencia en Kant; o la diferencia ontológica en Heidegger. Según él, distinciones como la de “filosofía analítica” versus “filosofía continental” estarían borradas en la identificación de problemas semejantes.

Respecto a la investigación interdisciplinar, mencionó que, si dentro de la filosofía ya hay tremendas dificultades para ponerse de acuerdo entre sus practicantes, posiblemente el trabajo con otras disciplinas podría ser aún más dificultoso. Para el profesor, la investigación realmente interdisciplinar aparece donde los conceptos fundamentales de las disciplinas entran en crisis y demandan una re-demarcación de sus límites y fronteras. Distingue esto de la investigación multidisciplinar, donde dos o más disciplinas trabajan en conjunto en la resolución de problemas, pero sin comprometer sus límites y fronteras comunes. Afirmó que probablemente la Universidad actual no está preparada para el trabajo interdisciplinar profundo, aunque reconoce una demanda cada vez más articulada y potente de este tipo de investigaciones. Propuso considerar como un problema abierto la posibilidad de especializarse de manera interdisciplinar, lo cual de buenas y a primeras podría parecer una contradicción. Mostró, además, preocupación por los criterios de “cientificidad” en la producción de textos en revistas indexadas, por su poder de dictaminar de manera “a priori” no sólo la forma sino incluso el contenido de los textos producidos, al parecer sugiriendo que podría llegar a ser demasiado arbitrario. Mencionó la importancia de enfrentar problemas sobre la relación entre el gremio filosófico, la sociedad y el espacio público, y mostró preocupación por la subordinación del pensamiento latinoamericano en el canon filosófico.

Para Pablo Contreras, la filosofía es siempre una forma de producción cultural y de conocimiento. En cuanto tal, siempre cumple alguna u otra función en la sociedad; sea un rol subordinado o secundario, cohesionado o disperso. En explícita afinidad con el filósofo pragmatista John Dewey, Contreras caracterizó a la filosofía como un oficio que articula y genera creencias sobre el mundo en su conjunto, destacando entre sus roles tanto la producción de ideas sobre la realidad como el estudio reflexivo de esas ideas mismas. Enfatizó que las ideas que tenemos sobre la realidad son parte de la realidad misma, de modo que la filosofía, al estudiar las ideas que tenemos sobre la realidad, estudia una parte de la realidad misma. De manera afín a las notas de Antonio Gramsci sobre la naturaleza de la filosofía en los Cuadernos de la Cárcel, nuestro invitado destacó que, en tanto la filosofía es parte del gran entramado social y cultural que la produce, todos los integrantes de la sociedad tienen algún grado de participación en la producción de la filosofía, aunque ésta pueda ser muy indirecto. Con ello no quiere decir que todos sean de suyo filósofas y filósofos igualmente buenos, pues la filosofía también puede transformarse en un ejercicio profesional donde se elaboran criterios para ordenar y “racionalizar” el trabajo intelectual.

Sobre el progreso en la filosofía, nuestro invitado mostró escepticismo sobre la posibilidad de afirmar responsablemente que las ideas actuales que se producen en la filosofía son realmente superiores que las del pasado. Sin embargo, comentó sobre la posibilidad de que haya progreso sustantivo en la manera en que se produce la filosofía. Tomando como marco de referencia el paso del siglo XIX al XX, Pablo afirmó que en el siglo XX se aprecian algunos cambios positivos.

Sobre la relación de la filosofía con otras disciplinas, Contreras mencionó dos formas no-exhaustivas en que la filosofía puede relacionarse con otras disciplinas: 1) de manera “refleja”, o como actividad de “segundo orden”, es decir, articulando nuestra concepción de otras actividades, como por ejemplo lo hace la filosofía general de la ciencia o las filosofías de ciencias particulares (física, antropología, biología, etc.) o como lo hace la filosofía del arte o de la tecnología; 2) de manera “direccionada”, o formando parte de la división del trabajo de esas disciplinas específicas. Toma como ejemplo de esto a las ciencias cognitivas, donde la filosofía no es un espectador externo que re-articula y reflexiona por fuera sobre lo que hacen los otros especialistas, sino que es uno de los integrantes reconocidos en el área. Las ciencias cognitivas, a entender del expositor, son un ejemplo del progreso y la sofisticación de herramientas que produce la humanidad para comprender un ámbito de estudio, en este caso la mente. Resaltó el ejemplo del biólogo y filósofo chileno Francisco Varela, que hacía uso de la fenomenología como una herramienta integral en el estudio empírico y matemático de la mente (y cuya herencia intelectual se refleja hoy en la revista Phenomenology and Cognitive Science). Destacó que la filosofía puede nutrirse profundamente de la interacción directa con otras disciplinas, precisando su campo de problemas y conceptos. Afirmó estar de acuerdo con el profesor Rojas sobre que la estructura universitaria posiblemente no está preparada para el trabajo interdisciplinar, y dejó abierto el problema sobre hasta qué punto la interacción interdisciplinar en casos como el de la fenomenología, la filosofía analítica y la ciencia cognitiva representa realmente una integración profunda o apropiación unilateral de disciplinas separadas.

Nadine Faure, que ha trabajado en áreas relacionadas con la ética y la filosofía francesa (vinculada además a las últimas investigaciones del profesor Humberto Giannini), nos ofreció un relato autobiográfico sobre su paso por la filosofía. Problematiza la idea de algunos filósofos que han pasado por los medios de comunicación, según quienes la filosofía se dedica a “buscar la verdad” y a “hacer las preguntas fundamentales”. La expositora reparó en que tales caracterizaciones parecieran asumir acríticamente que otras disciplinas no están particularmente orientadas hacia el conocimiento de la verdad o de las preguntas fundamentales. Problematizó las críticas que existen en contra de la profesionalización académica en general, pues parecieran presuponer, puestas de manera tan simplista, que la filosofía no es un trabajo entre otros trabajos, uno que también debiese ser disciplinado y remunerado. Rescata, sin embargo, la importancia de hacer críticas a las formas particulares de profesionalización que se han dado en Chile (junto con también criticar la elitización y enclaustramiento social de la disciplina), ámbito en el cual rescata el trabajo de autores críticos como Cecilia Sánchez, José Santos-Herceg y María Vilches. La expositora resalta que la profesionalización académica, al menos en términos muy generales, es un espacio legítimo y posiblemente necesario para realizar el oficio. Enfatiza que algunos de los problemas más graves y significativos que aquejan a la filosofía (especialmente, su precarización) son condiciones transversales a todas las disciplinas académicas (sobre todo de las humanidades y ciencias sociales).

Según Faure, la manera de defender y visibilizar a la filosofía no puede pasar por defensas chovinistas, y resalta el compromiso que debe tener la filosofía con los problemas de su tiempo y contexto histórico y local. Para lograr algo así, señala que no se pueden dejar de cuestionar las formas en que se realiza la actividad filosófica actualmente, y resalta que la creciente literatura dedicada a este ejercicio es un buen síntoma en esta dirección. En términos propositivos, afirmó que construir educación pública y democrática es una condición importante para avanzar en esta dirección, donde el pluralismo debiera estar por sobre la autoridad privilegiada de un cierto tipo de intelectual o tradición.

Con respecto al desarrollo interno de la disciplina, la expositora resaltó problemas relativos a la sobre-especialización de algunos programas, donde involucrarse en una línea de trabajo suele ir acompañado de un aislamiento respecto a otras tradiciones y temas. En relación a esto, resaltó que puede haber un problema abierto (resaltado ácidamente por personajes como Patricio Marchant) sobre la estrecha, quizás demasiado estrecha relación entre práctica filosófica y enseñanza de la filosofía (donde una enorme parte del esfuerzo filosófico es dedicado a la transmisión e interpretación de textos tradicionales).

En los pocos comentarios que se dieron en la sesión (por falta de tiempo), se asomaron varios problemas relevantes de interés. Un invitado del público resaltó que la formación filosófica que tenemos en la facultad está excesivamente orientada a estudiar autores y no tanto a temas, posiblemente empobreciendo la integridad del proceso. Se mencionó el problema sobre los contrastes o similitudes entre la filosofía occidental y el pensamiento oriental, y el problema de la poca atención que se da a los contrastes negativos que están por detrás de cada caracterización positiva de una u otra disciplina filosófica o concepción de la filosofía (como por ejemplo cuando se asume, a veces, que la filosofía es esencialmente distinta a la ciencia, pero no se problematiza seriamente tal afirmación). Por otra parte, se resaltó la amplia ausencia de espacios de diálogo como el que se intenta levantar en la instancia, y se interrogó a los organizadores y asistentes por la posibilidad de realizar instancias en otros formatos de comunicación y trabajo colaborativo, aparte de foros o ponencias (donde, por supuesto, algunos interlocutores tienen un rol mucho más protagónico que otros).

  • Segunda Jornada: Más allá de la división entre filosofía analítica y continental

En esta ocasión invitamos a los profesores (U. de Chile) Rodrigo Gonzalez, Doctor en Filosofía (Katholieke Universiteit Leuven) y dedicado principalmente a la filosofía de la mente e inteligencia artificial; la profesora (UNAB) Rosemary, Doctoranda (Universidad de Chile), que recientemente ha trabajado en ética (vinculada también a la reciente investigación del profesor Humberto Giannini), con un trasfondo en filosofía analítica y ciencias cognitivas; el profesor (U. de Chile) Luis Placencia, Doctor en Filosofía (Martin-Luther-Universität Halle-Wittenberg), cuyos intereses e investigaciones abarcan aspectos de la fenomenología, la filosofía moderna y la filosofía analítica; y el profesor (Pontificia Universidad Católica de Chile) Eduardo Fermandois, Doctor en Filosofía (Universidad Libre de Berlín), cuyo trabajo abarca las áreas de la filosofía del lenguaje, teoría del conocimiento, teoría de la argumentación, metafilosofía y antropología filosófica.

Pauta:

  1. ¿Qué origen y sentido tiene, según su experiencia, la distinción entre filosofía “analítica” y “continental”? ¿Cuánto de sustantivo y de artificial puede haber en la distinción? A lo largo del siglo XX y entrando en el XXI, ¿Qué tan estricta o difusa ha sido de hecho la distinción entre estas corrientes de trabajo?
  2. ¿Qué cruces temáticos, conceptuales o metodológicos han ocurrido (y/o qué otros pueden sugerirse) entre filósofos analíticos y continentales (en cualquiera de sus etapas)?
  3. Al pensar en la distinción entre “analíticos” y “continentales”, ¿Se puede afirmar con responsabilidad que hablamos de tradiciones opuestas? Por el contrario, ¿Hasta qué punto resultan ser, o pueden ser, tradiciones complementarias? En esa línea, ¿Hasta qué punto es una tarea relevante para los filósofos contemporáneos tender puentes entre ambas “tradiciones” o, como se ha sugerido últimamente, intentar superar la división?

El profesor Rodrigo González considera que, probablemente, la división entre filósofos analíticos y continentales es más fuerte en el resto del mundo que en Chile. A su entender, en Chile hay un pluralismo más marcado en la filosofía. Su exposición, sin embargo, estuvo ampliamente dedicada a tratar de describir qué es, a su entender, la filosofía analítica. Gran parte de su caracterización es negativa, aunque no por completo. Principalmente, resaltó los siguientes puntos: 1) la filosofía analítica no es hermenéutica. “La filosofía analítica no busca interpretar”, puesto que lo interpretable, según el expositor, puede ser contradictorio, y métodos interpretativos como los que ocupa el psicoanálisis son escasamente constreñidos por la evidencia empírica, al contrario de la filosofía analítica; 2) la filosofía analítica no es literaria. No recurre a la imaginación totalmente libre cuando analiza un problema. A la manera que el profesor sintetiza lo que es la filosofía analítica, este estilo se guía por ciertas máximas como el orden, la claridad y la sistematicidad que conflictúan con un estilo totalmente libre. Su propósito principal es la argumentación, donde no se intenta apelar a las emociones y sentimientos de los lectores e interlocutores; 3) la filosofía analítica es anti-especulativa. Lo teórico y lo conceptual se debe respaldar con evidencia empírica; 4) la filosofía analítica no es histórica. Intenta analizar problemas en la historia de la filosofía, pero procura no “estancarse” en ellos. Los filósofos analíticos buscan inspiración en la historia, pero creen en el progreso de la disciplina filosófica, ampliamente inspirados en los progresos de la ciencia; 5) la filosofía analítica no es positivismo lógico. “Aunque la filosofía analítica no es interpretativa, ello no quiere decir que se apele a hechos positivos, o a construcciones lógicas a partir de hechos.”; 6) La filosofía analítica no es una ciencia, incluso aunque tenga presente la experiencia. Sin embargo, “tiene como objetivo convertirse de alguna manera en ciencia.”

Con respecto al método, resalta la idea de máximas conversacionales sintetizadas en el trabajo del filósofo Paul Grice, y que se orientan por el principio de cooperación en la conversación. La primera máxima es relativa a la cantidad: hay que ser lo más informativos que se pueda, sin extralimitarse. La segunda es relativa a la calidad: proveer información verdadera, respaldada por la evidencia. La tercera es relativa a la relevancia: hay que aportar a la conversación con información pertinente. La cuarta es relativa al modo o la manera de expresarse: hay que evitar la oscuridad, la ambigüedad, la “verborrea” y el desorden.

A pesar de que la informatividad o profundidad se puede considerar una máxima para la filosofía analítica, a veces se considera que esta forma de trabajar es superficial o frívola, pues es renuente a trabajar en problemas como el sentido de la vida o temas como la muerte. El profesor niega esto, sosteniendo que la filosofía analítica sí puede abordar este tipo de problemas, pero respetando las máximas expuestas. Para él, no hay contradicción entre estas máximas y la profundidad con la que puedan ser tratados los problemas.

Al final de su exposición, el profesor enumera algunos problemas principales o clásicos para la filosofía analítica (aunque puntualizando que la lista podría ser interminable): el problema del significado y la referencia en filosofía del lenguaje; las teorías científicas en filosofía de la ciencia; la inferencia y la inducción; el problema mente-cuerpo; la intencionalidad; la conciencia; la acción; la inteligencia y la inteligencia artificial; la libertad; la ética; la naturaleza de lo social.

A pesar de las riñas entre filósofos, el profesor remarca que en el último tiempo ha habido una reintegración de la filosofía “continental” y la filosofía “analítica”, mencionando como ejemplo el trabajo de personas como Hubert Dreyfus.

Sintetizando su ponencia, el profesor afirma que la filosofía analítica, descrita en los puntos anteriores, es un estilo de hacer filosofía entre otros estilos, pero no necesariamente el mejor. No obstante, quizás resulta ser el estilo más adecuado para abordar al menos algunos problemas.

La profesora Rosemary Bruna, por su parte, comenzó reparando que la segmentación entre tradiciones es una situación bastante común y difundida en la filosofía aun hasta hoy y en nuestros espacios. Es común que se opte por una tradición, corriente o método sin que se tenga que hacer demasiado explícito un cuestionamiento sobre las motivaciones de tal elección. O al menos esa es la impresión que le dejó su período formativo en la facultad (y la que seguimos teniendo muchos estudiantes e investigadores). Donde, además, tal elección, se suele asumir que es entre bandos más o menos irreconciliables, incompatibles e incluso derechamente incomparables. En ese sentido, resaltó que hubieran instancias como éstas para cuestionar tales decisiones y revisar pormenorizadamente sus motivaciones y argumentos. En su caso, sin embargo, sus inquietudes la forzaron a buscar una formación mixta entre las tradiciones continentales y analíticas del siglo XX, pasando por áreas aparentemente tan distanciadas y disímiles como la filosofía de la mente y la filosofía política práctica, la teoría de conceptos y la ética, o la filosofía de Hume o Wittgenstein, por un lado, y la de Levinas o Foucault por otro. Esto hizo un poco extraño su proceso formativo, pero consideró que los riesgos asociados a dicotomizar su formación eran mayores. “No propongo que hagamos mezclas sin criterios de teorías inconmensurables entre sí, sino que las convergencias y divergencias entre autores e ideas sean resultado del estudio desprejuiciado de los mismos, y no de los sesgos previamente establecidos por distinciones de manual.”

A pesar de su defensa de la comunicación y trabajo colaborativo entre ambas tradiciones, la profesora no considera que la distinción entre ellas sea meramente arbitraria. Tomando como caso el curioso conflicto entre filósofos del Círculo de Viena y Martin Heidegger, la expositora comenta que en tales autores se pueden encontrar diferencias metafilosóficas profundas y ejemplares. Muy a grandes rasgos, es evidente que entre estos filósofos había un contraste fuerte de preferencias metodológicas, modelando los primeros su horizonte y método en las ciencias formales y empíricas, y el segundo más inspirado (sobre todo en su trabajo maduro) en el arte y la poesía. Destaca, sin embargo, el surgimiento de distintas investigaciones filosóficas que han difuminado bastante la distinción entre estas tradiciones. Como ejemplo, cita el caso del “giro pragmático” en la filosofía del lenguaje, y el interés de algunos fenomenólogos en las teorías de la percepción que se trabajan en filosofía analítica. Menciona además algunos diálogos importantes que se han dado entre filósofos de estas distintas corrientes al o largo de la historia reciente, como la discusión entre Searle y Derrida, o entre Habermas y Rawls. Estos diálogos han sido capaces de acentuar confrontaciones que ya no se tratan tanto de contrastar grandes relatos o concepciones de la filosofía, sino en torno a temas y problemas específicos (tal como tiende a ocurrir en una discusión interdisciplinar). Insiste, además, en que el campo filosófico es tan amplio y diverso que la distinción entre analíticos y continentales no alcanza a dar cuenta del mismo. “Más que filosofía, hay filosofías: filosofía del lenguaje, de la mente, de la ciencia, de la poesía, de la historia, de la experiencia, etc.” Estos distintos tipos de filósofos trabajan en distintos niveles de la realidad, y seguramente ocuparán métodos distintos. Pero en tanto son filósofos, podríamos esperar que haya algo en común que cruce sus distintas actividades.

La profesora dice que se podría pensar que la distinción entre analíticos y continentales reside en el interés de la primera en lo “formal” y de la segunda en lo “histórico-contextual”; la filosofía analítica se interesa por la estructura de las entidades mentales, en el origen de los conceptos y la manera en que se utilizan, mientras que la filosofía continental parece avocarse a discusiones en torno al contenido conceptual ya en uso. Pero estas generalizaciones no hacen justicia a los perfiles profesionales de muchos filósofos cuyos intereses cruzan ambas dimensiones (tal como sería el caso de Jesse Prinz, dedicado a la filosofía de la mente y ciencias cognitivas, a la vez que interesado en discusiones sobre autores como Nietzsche, Foucault, o sobre el arte y la religión). Lo cierto es que ejemplos como estos podrían llenar una lista bastante larga. Bruna rescata que este modo de hacer filosofía permite la divergencia y la convergencia a la vez. No es necesario casarse con un autor, teoría o corriente para acoger los planteamientos de interés en el trabajo realizado.

Para finalizar, la profesora Bruna nos cuenta que su formación híbrida fue muy útil para trabajar en una investigación enfocada de manera similarmente ecléctica: “El horizonte ético-político del perdón y la promesa. Claves para una ética del conflicto” de Humberto Giannini. En el equipo de investigación, se encuentran profesores y alumnos pertenecientes a distintas escuelas: analítica y continental; fenomenología, filosofía política, ética, filosofía del lenguaje, entre otras.

Investigaciones de este tipo ilustran, en la opinión de la profesora Bruna, que la llamada “coexistencia pacífica” no sólo es posible, sino que deseable. No considera esto, sin embargo, como un imperativo: el estudio circunscrito a las tradiciones puede ser legítimo, pues hay muchas formas de hacer filosofía. Resalta que hay que abrir más puertas para distintas posibilidades, para preguntarnos qué es lo que hace distintiva a la filosofía en sus distintas dimensiones y para qué hacerla desde nuestro tiempo y lugar actual.

El profesor Eduardo Fermandois repara en una dificultad terminológica ampliamente reconocida en la distinción entre analíticos y continentales: la primera es una categoría de estilo o método, mientras que la segunda es una categoría geográfica. Citando a Bernard Williams, repara en que esta distinción es similar a comparar automóviles entre japoneses y autos con tracción delantera. Más aun, el profesor repara (citando a su vez a Jesús Mosterín) en que el apelativo de “filosofía continental” fue inventado unilateralmente por los filósofos anglosajones (aunque dice ignorar los detalles historiográficos para corroborar esta idea). Todo esto importaría poco, nos dice el profesor Fermandois, si es que estas etiquetas fueran un resultado accidental; pero en la práctica han servido para demarcar espuriamente la profesión filosófica.

El problema se profundiza cuando uno nota que, tomando el caso de la llamada “filosofía continental”, esta etiqueta en realidad agrupa una mezcolanza escasamente armónica de escuelas muy distintas (como la fenomenología, el marxismo occidental, el estructuralismo, etc.). De acuerdo al profesor, Jürgen Habermas señalaba en los 80’s que estos tres estilos de filosofía, junto con la filosofía analítica, marcaban las cuatro opciones metodológicas del panorama filosófico de su tiempo, representando perfiles claramente diferenciables. Si lo que Jesús Mosterín afirma es cierto (que la etiqueta “filosofía continental” la inventaron los filósofos anglosajones de inclinación “analítica”), y además la etiqueta se ocupa descuidadamente para denotar indistintamente a todas estas diversas culturas intelectuales, entonces estaríamos frente a una falta de respeto “frente a la rica heterogeneidad de tradiciones que se han desarrollado” en este complejo campo filosófico. En este sentido, cuando se habla de analíticos o continentales, pareciera que lo único que importa, para algunos al menos, es si se es o no se es analítico. Pero las cosas no son muy distintas en el sentido contrario: tomando como base el artículo “¿Qué queda de la filosofía analítica?” por Peter Bieri, resalta la hipótesis de que en realidad la etiqueta “filosofía analítica”, a estas alturas, ya no denota ninguna unidad teórica y metodológica que sea transversal a todos quienes se etiquetan bajo este rótulo. “No existe una matriz o repertorio metodológico que nos lleve de un tema a otro.” La variedad de temáticas y posturas que cruzan a los filósofos formados bajo este rótulo es tan variada, que resulta imposible apelar a una matriz metodológica unitaria que nos permita decidir entre las posturas que estos distintos autores toman en la enorme diversidad de campos que trabajan. Y en realidad, lo que fue más distintivo de lo que originalmente se llamó “filosofía analítica” (el análisis del significado y de la estructura lógica de nuestras proposiciones), es considerado por muchos filósofos (incluso usualmente etiquetados como “analíticos”) como una metodología anticuada o superada. Citando a Pascal Engel, el profesor sintetiza este punto de la siguiente manera: “Algunos filósofos analíticos gustan de la metafísica; otros la odian. Algunos aprecian los métodos formales; a otros le desagradan. Algunos se complacen [trabajando] en el silllón (armchair); otros no.”

El profesor señaló, además, dos tipos de filósofos con los que él se siente profundamente distanciado. El primero podría ser identificado como un tipo particular (no generalizable) de “filósofo analítico”, y otro a su vez como un cierto tipo particular (no generalizable) de “filósofo continental”. El primero ejerce lo que Fermandois eligió llamar “filosofía ajedrecística”: el cultivo de la sutileza lógica por la mera sutileza lógica. Esta forma de filosofía acaba por transformarse en “una suerte de pasatiempo cerebral; un juego, como el ajedrez” en el que cada uno trata de ser más inteligente que otro, pero donde se termina siendo incapaz de desandar el camino que va desde la discusión especializada hacia las preguntas que motivaron la investigación en primer lugar. “Lo que se pierde, en definitiva, es la importancia práctica y espiritual que la filosofía ha tenido a menudo, y que no veo por qué no pueda continuar teniendo.” El profesor además resalta el nombre de varios filósofos usualmente catalogados como analíticos que sin embargo son ampliamente autocríticos de estos rasgos recién descritos. Se refiere a filósofos como Guillemo Hurtado, Jesús Mosterín, Eduardo Rabossi, Pascal Engel y Susan Haack.

El otro tipo de filósofo del cual el profesor se siente distanciado es quien, a su entender, practica la filosofía como hagiografía: el estudio interminable de los textos de un autor entendido como un “santo de la filosofía”. Algunos filósofos continentales caen, según Fermandois, bajo esta caracterización. Según el profesor, a este tipo de filósofo lo mueven preguntas del tipo “¿Quién dijo esto primero? ¿En qué influenció tal autor a tal autor? ¿Qué es lo que realmente quiere decir el autor de mi devoción?”. Para responder estas preguntas, el filósofo-hagiógrafo peregrina entre los archivos para encontrar respuestas, sin hacerse una pregunta que para otros sería quizás muy obvia: ¿Es verdad lo que dijo el autor? El profesor no quiere, con esto, menospreciar el ejercicio mismo de traducción, organización y comentario de textos destacados de la historia de la filosofía, que es en realidad extremadamente importante y, también, comprensiblemente apasionante. El problema es cuando este tipo de filósofo sólo se dedica a esto, nunca haciéndose “eco del llamado kantiano a atreverse a pensar por sí mismo.”

Visto así el panorama, y tomando en cuenta que estos perfiles no son meras caricaturas (hay muchos autores, textos y congresos llevados a cabo en este estilo), el profesor no se siente tan invitado a “superar” estas tradiciones (unificando lo mejor de ellas y depurándolas de los “elementos indeseables), sino a distanciarse derechamente de ambos perfiles: “ni filosofía ajedrecística, ni filosofía hagiográfica; ni filosofía analítica ni continental” (al menos en estos sentidos específicos). Para sintetizar su postura, el profesor indica que la distinción entre analíticos y continentales quizás no debiera ser tanto superada como derechamente ignorada. Similarmente, la idea de “tender puentes” entre ambas tradiciones también se le ha hecho problemática (mención que hace a propósito de la reciente publicación del libro Beyond the Analytic-Continental Divide. Pluralist Philosophy in the XXI Century, donde la metáfora de los puentes es enfatizada). Para ilustrar el punto, el profesor menciona algunos filósofos que le han resultado ejemplos notables de trabajo filosófico, y que, enlistados, cruzan a “ambas” tradiciones filosóficas. Se refiere a filósofos como Charles Taylor, Bernard Williams, Harry Frankfurt, Robert Nozick, Thomas Nagel (supuestamente filósofos “analíticos”), y tantos otros como Martin Heidegger, Paul Ricoeur, Michel Foucault, Jean-Luc Nancy, Jean Grondin (usualmente etiquetados como “continentales”), entre otros. Estos filósofos se han propuesto pensar ciertos temas de interés y pueden ser tomados como buenos filósofos incluso en omisión a la tradición particular que los define.

El profesor Luis Placencia recordó, para comenzar su exposición, que en una edición anterior de este mismo foro (2015) él sostuvo una posición muy similar a la del profesor Fermandois en esta ocasión (en particular en lo que respecta a ignorar la distinción entre analíticos y continentales y tener un acceso libre de “ideologismos” a ambas tradiciones). Para el profesor, esta discusión es parte de la difícil y tremendamente importante tarea demarcatoria en la disciplina: responder a las preguntas de qué es y qué no es filosofía, cuándo tenemos buena o mala filosofía, o filosofía interesante o poco interesante. Rescatando lo señalado por el profesor Fermandois a propósito de la demarcación espuria y chovinista que puede darse detrás de la distinción entre analíticos y continentales, el profesor Placencia insiste en que debiéramos ser explícitos con la pregunta de fondo y reemplazar el problema de demarcación entre analíticos y continentales por el problema de demarcación entre buena y mala filosofía en general. ¿Qué tipo de reglas y prácticas seguimos cuando filosofamos bien? Una posible respuesta a esta pregunta se podría enmarcar en lo que el profesor llama “tradición cartesiana” (aclarando, para transparentarse, que Descartes es uno de sus filósofos más queridos), donde se afirma que existe uno y sólo un conjunto de reglas que nos pueden ayudar a distinguir el buen razonamiento del mal razonamiento, el conocimiento verdadero del falso, etc. (lo que podría ser llamado “monismo metodológico”). El profesor sugiere que la composición fragmentaria del campo filosófico puede ser sintomática de la enorme dificultad que hay en el intento de responder las preguntas básicas que articulan la disciplina.

Para contrastar con la aproximación “cartesiana”, el profesor Placencia se toma un momento para citar y comentar un extracto del artículo “A Plea for Excuses” de John Austin. La idea general es que, probablemente, debiéramos elegir métodos particulares dependiendo de los problemas particulares que estemos tratando de abordar. Para abordar el tema de las excusas en la pragmática del lenguaje natural puede que requiramos de ciertos métodos (donde el estudio de nuestras expresiones ordinarias hace las veces, en palabras de Austin, de “trabajo de campo” para el filósofo), pero para abordar el problema de la naturaleza del tiempo puede que necesitemos otros. A esta idea, el profesor Placencia le llamó “pluralismo metodológico”, señalando que podría ser una marca distintiva de una buena aproximación a la filosofía. Citando algunos fragmentos del texto donde Austin problematizaba algunos aspectos relevantes de la investigación en filosofía del lenguaje y campos emparentados, se resaltó el momento del texto donde el autor sugería la etiqueta de “fenomenología lingüística” como una manera refrescante y apropiada de tomar el campo de estudio en cuestión. Hasta qué punto el vocablo de “fenomenología” es solo superficialmente coincidente con el uso en las tradiciones continentales, es, por supuesto, un asunto abierto y que no fue tratado explícitamente en la exposición. El profesor Placencia insistió en que ciertas máximas metodológicas básicas (como argumentación, claridad) son demasiado triviales como para regimentar un buen método en general (en contraste con la confianza con la que el profesor González enunciaba estas máximas como guías para la filosofía analítica). Se requieren claridades más específicas sobre qué aproximaciones resultan pertinentes para abordar uno u otro tema. El profesor también insiste en que la distinción entre analíticos y continentales no es demasiado relevante, habiendo grados de diferenciación mucho más finos ya marcados desde los 50’s al interior de estas tradiciones. Más adelante, insistiría en que hay distinciones metafilosóficas más profundas que la distinción entre analíticos y continentales; por ejemplo, si es que uno concibe que el rol de la filosofía es explicar o aclarar cómo se da nuestro acceso natural y cotidiano al mundo, o si nos planteamos por el contrario desde el desafío de mostrar la inadecuación de este acceso natural. Esto se podría ilustrar bien sobre el rol distintivo, positivo o negativo, que distintos filósofos han asignado al sentido común. Para algunos, la buena filosofía necesariamente tiene que ser compatible con el sentido común. Para otros, el sentido común es nido de profundos malentendidos y distorsiones.

En la extensa y discusión y comentario posterior (que no podremos reseñar acá), se discutió sobre la legitimidad de la distinción entre analíticos continentales (habiendo posturas encontradas, pero en general relativamente moderadas); se comentó sobre el caso Sokal y un reciente caso en Francia que fue muy similar; se discutió sobre el problema de encontrar un buen método, y sobre la importancia de que las investigaciones filosóficas no sean solo rigurosas sino relevantes. También se comentaron algunas frases extrañas o enigmáticas de algunos filósofos (como la famosa “la nada nadea” de Heidegger), y se discutió si era posible comprender ideas excéntricas como esas.

  1. En síntesis

Las exposiciones y discusiones realizadas en estas dos jornadas tuvieron la marcada virtud de hacer explícitas las visiones de investigadores muy variados, captando el interés de un similarmente variado público de estudiantes e investigadores de filosofía y, en mucha menor medida, de otras disciplinas. Como principal ventaja, ayudaron a desmitificar algunas caricaturas sobre algunas tradiciones y distinciones filosóficas importantes, aportando algunas caracterizaciones positivas relevantes. Como principal desventaja, sin embargo, adolecieron de cierta vaguedad a la hora de decirnos qué es la filosofía y qué debe hacer, y a la hora de diagnosticar sus desafíos futuros. Dejo como pregunta abierta hasta qué punto esto refleja la amplitud y complejidad de la empresa filosófica, y hasta qué punto representa también cierta debilidad en las prácticas del gremio (que, en todo caso, cuenta con buenos talentos). Por lo pronto, la instancia fue prometedora. Aunque la recomendación pueda venir muy de cerca y nos gustaría que este tipo de instancias también fueran organizadas por otros grupos, debates como estos son necesarios si la idea de “comunidad filosófica” ha de tener contenido y sustancia.

[1] Se puede descargar este texto en PDF en el siguiente enlace. Además, los audios de las jornadas se pueden encuentran en el canal de Youtube de GEFAUCh.

[2] Para una revisión panorámica de la metafilosofía contemporánea puede verse el artículo de Nicholas Joll en la Internet Encyclopedia of Philosophy (titulado Contemporary Metaphilosophy); el volumen 31 de la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía de la Editorial Trotta (Filosofía de la filosofía, editado por Óscar Nudler); o también el libro An Introduction to Metaphilosophy por Søren Overgaard, Paul Gilbert y Stephen Burwood. Todos estos textos pueden ser obtenidos mediante internet.

[3] https://philpapers.org/categories.pl

[4] https://philpapers.org/browse/all

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